Por, Fabio Olea Massa (Negrindio)
En política internacional las batallas no se ganan con insultos, sino con inteligencia y equilibrio. El presidente Gustavo Petro parece convencido de que puede enfrentarse al gigante de Washington, pero su actitud, más que un gesto de independencia, puede convertirse en una apuesta temeraria con consecuencias para todo el país. Tensar la relación con Estados Unidos es un riesgo que Colombia no puede permitirse, especialmente cuando ese vínculo ha sido pilar de su estabilidad política, económica y de seguridad durante décadas.
La diplomacia, más que confrontación, exige prudencia. Antes de desafiar a Donald Trump —figura de enorme peso en la política estadounidense— Petro debió medir las consecuencias de abrir una batalla tan desigual. Como decía mi abuela: “pa’ perder, mejor no pelear”. Pretender ser David frente a Goliat no es realista cuando la relación bilateral es abiertamente asimétrica en lo económico, político y militar.
Dos líderes de temperamento fuerte —Petro y Trump— han convertido las diferencias políticas en un pulso personal. Petro, con su verbo impulsivo, ha provocado varios choques: llamó a Trump nazi, invitó a militares estadounidenses a desobedecer a su comandante en jefe, y devolvió un avión con migrantes colombianos. Trump, fiel a su estilo, respondió tildándolo de narcotraficante, matón y lunático.
Hasta hace poco la confrontación era solo verbal, pero Washington pasó del dicho al hecho: impuso sanciones personales contra Petro y su familia, incluyendo la cancelación de visas y su inclusión en la lista OFAC, la temida “lista Clinton”. Petro busca proyectarse como un líder soberano que no se subordina a intereses externos, pero la geopolítica impone límites. A Estados Unidos le basta un gesto diplomático o una decisión financiera para estremecer cualquier gobierno latinoamericano. Colombia sigue dependiendo del apoyo económico, militar y comercial de su principal aliado.
Con su retórica populista, Petro intenta construir una narrativa de independencia frente a Washington, apelando a la soberanía nacional y la dignidad latinoamericana. Pero la independencia no se declama: se construye con estrategia, prudencia y resultados, no con discursos ideológicos. La historia demuestra que los arrebatos emocionales en política exterior suelen pagarse caro.
Colombia no puede darse el lujo de romper puentes con su socio histórico. Más allá de las diferencias, existe una interdependencia innegable: la cooperación estadounidense ha sido decisiva en la lucha contra el narcotráfico, el fortalecimiento institucional y la inversión social. Romper ese vínculo por orgullo o cálculo político sería un error de consecuencias imprevisibles.
Petro, terco y con el ego inflado, parece decidido a tensar la cuerda. Sus críticas a Washington, y su cercanía con regímenes autoritarios revelan más un impulso ideológico que una visión estratégica. Actúa como si librara una cruzada moral contra el “imperio”, olvidando que las cruzadas se ganan con aliados, no con discursos.
En política internacional los gestos pesan tanto como las palabras, y Petro ha acumulado demasiados que inquietan a sus socios tradicionales. Su discurso antiestadounidense, su acercamiento a gobiernos de izquierda radical, y su constante enfrentamiento con organismos internacionales han deteriorado la imagen del país. En el tablero global, eso se traduce en pérdida de confianza, inversión y capacidad de interlocución.
Estados Unidos no necesita usar la fuerza para imponer su voluntad. Su poder blando —económico, diplomático y financiero— le permite presionar sin disparar un tiro. Un informe, una sanción o una simple demora en la cooperación bastan para enviar un mensaje contundente. Esa es la asimetría que Petro parece ignorar cuando habla de soberanía en tono desafiante.
Su postura parece más un error de cálculo que un acto de dignidad. Enfrentar a una potencia sin aliados, sin estrategia y con una economía frágil es apostar a perder. La historia latinoamericana está llena de líderes que confundieron orgullo con diplomacia, y todos terminaron aislados.
Colombia necesita una política exterior seria y pragmática, capaz de defender la independencia sin poner en riesgo los intereses nacionales. El reto no está en romper con Washington, sino en dialogar con firmeza y respeto, buscando beneficios reales para el país. La madurez diplomática no se mide por la hostilidad, sino por la capacidad de negociar con inteligencia.
Petro debería entender que independencia no significa aislamiento, ni crítica implica desafío. Confundir estos conceptos es la fórmula perfecta para el fracaso. En la política global, quien se aísla pierde voz, y quien se encierra en el orgullo termina pagando el precio del aislamiento.
Como dice el refrán: “el que tiene rabo de paja, no se acerca a la candela”. Y esto le cae al presidente, quien ya fue incluido en la lista Clinton, lo que podría ser el preludio de una acusación formal en Estados Unidos. Una eventual imputación por delitos internacionales, y una posible extradición serían un golpe devastador no solo para su imagen, sino para la institucionalidad colombiana.
Colombia necesita un presidente que defienda nuestra soberanía con diplomacia inteligente, no con discursos incendiarios. Su verborrea y afán de protagonismo internacional amenazan con dejar al país en medio de una tormenta que no podrá capear solo.


