EL PÉNDULO POLÍTICO RETORNARÁ A LA DERECHA

Por, Fabio Olea Massa (Negrindio)

La política es dinámica y cambia según las circunstancias históricas. Tras los gobiernos de izquierda en Argentina, Ecuador y Bolivia, la tendencia regional indica que el péndulo político retornará a la Derecha: primero en Chile y, posteriormente, en Colombia y Brasil. Es la consecuencia natural del desgaste de gobiernos que, bajo discursos Socialistas, prometieron transformaciones profundas que nunca llegaron y que, en cambio, sometieron a sus sociedades a penurias mayores e índices crecientes de pobreza.

La Izquierda, asociada históricamente al marxismo, concibe el Estado como el eje central de la vida económica y social; limita libertades individuales, incrementa la intervención económica, y regula las relaciones entre el ciudadano y el poder. En múltiples casos, termina imponiendo restricciones —o incluso suprimiendo— la propiedad privada. La Derecha, su antagonista tradicional, defiende el libre mercado, la iniciativa privada y un Estado menos intruso, priorizando las libertades económicas y civiles.

Colombia nunca ha sido un país de Izquierda. Su tradición política —institucional y cultural— ha estado cimentada durante más de un siglo en las corrientes democráticas Liberal y Conservadora. Fueron estos partidos, con sus principios, matices y pugnas internas, los que definieron la vida electoral, la formación del Estado y la identidad del ciudadano común.

Es cierto que esas doctrinas perdieron influencia, pero no vigencia. Que por primera vez haya llegado un gobierno de Izquierda al poder no significa que Colombia se haya vuelto de izquierdas. Ese debilitamiento doctrinario comenzó con el desgaste del bipartidismo, el impacto del conflicto armado, la corrupción y la incapacidad del sistema político para responder a los grandes desafíos sociales. Así se erosionó la credibilidad de las viejas banderas partidistas.

La Constitución de 1991 aceleró la fragmentación política, abrió el sistema electoral y permitió el surgimiento de movimientos construidos alrededor de líderes individuales, más que de ideas o programas. El personalismo reemplazó a la doctrina, y el votante empezó a elegir más por la figura que por el partido. La proliferación de partidos, micro-partidos y coaliciones terminó de diluir la antigua división entre liberalismo y conservatismo. Hoy, la mayoría de los ciudadanos no se identifica con esas etiquetas porque los partidos tradicionales dejaron de ofrecer una visión clara, coherente y diferenciada de país.

En síntesis, las viejas corrientes no desaparecieron, pero perdieron fuerza cuando la realidad social superó la retórica doctrinaria, y cuando los partidos dejaron de ser escuelas de pensamiento para convertirse en simples maquinarias electorales sin alma ideológica.

Hoy, la política colombiana se mueve entre emociones, liderazgos fugaces y discursos que cambian al ritmo de las redes sociales. El péndulo ya no oscila entre liberalismo y conservatismo, sino entre promesas de orden (derecha) y promesas de continuidad (izquierda). Y ese nuevo eje ha profundizado la polarización.

En ese escenario, Abelardo De La Espriella encarna las promesas de orden de la derecha, apelando a la recuperación de la seguridad y la legalidad pérdidas durante este gobierno. En el extremo opuesto, Iván Cepeda —representante de la izquierda radical (comunismo) y heredero político del proyecto de las FARC— simboliza la continuidad del “cambio” que terminó en fracaso: la llamada “Paz Total”, convertida en impunidad total, que ha empoderado a estructuras criminales de toda clase y ha dado lugar al gobierno más corrupto de todos.

Chile debe ser nuestro espejo en este momento crucial para la democracia colombiana. Lo ocurrido recientemente en ese país —las elecciones primarias que dieron el triunfo a la candidata comunista Jeannette Jara— no debe repetirse aquí. Para evitarlo, la Derecha colombiana debe llegar unida a la primera vuelta. Solo así podrá derrotar al petrismo. De lo contrario, existe el riesgo —tan real como peligroso— de que en la segunda vuelta, el Gobierno, con todo su poder económico basado en la “mermelada”, imponga a su candidato. Y ese escenario, hay que decirlo sin rodeos, sería un desastre para Colombia.

Es hora de deponer egos y vanidades personales, entender la amenaza real que se cierne sobre nuestra democracia. Ese pequeño grupo de aspirantes que no supera el 1% en intención de voto debe declinar sus ambiciones y respaldar al candidato con mayor favorabilidad en sondeos y redes sociales: Abelardo De La Espriella.  

Se necesita coherencia política y grandeza de patria para seguir el ejemplo de Chile, donde los candidatos de derecha ya adhirieron a José Antonio Kast con el fin de derrotar a la candidata Comunista. Ese sentido de responsabilidad histórica es el que hoy se les exige a quienes han promovido la “menudencia política” (como yo la llamo) destinada a minar la candidatura de De La Espriella. El daño no se lo harían a él, sino al país.

A Vicky, a quien en su momento promoví y apoyé, le digo con franqueza: debe cambiar su actitud hacia De La Espriella. El enemigo común de la Patria no es Abelardo, sino la continuidad de un proyecto petrista-socialista que podría terminar entregando a Colombia a las garras del comunismo, como ya ocurrió en Venezuela.