TRUMP CON LA SARTÉN POR EL MANGO, Y VENEZUELA SOMETIDA

Por: Fabio Olea Massa (Negrindio)

La caída de Maduro no significó el advenimiento de la democracia, sino un reacomodo pragmático del poder bajo la batuta de la Casa Blanca.

El fin del dictador

Todavía retumba el eco de la cinematográfica operación de la Fuerza Delta, que culminó con la captura y extracción de Nicolás Maduro. Donald Trump logró lo que parecía imposible, sacar al dictador del Palacio de Miraflores, no con votos ni retórica diplomática, sino mediante una posición de fuerza que dejó claro quién dicta las reglas cuando los intereses estratégicos están sobre la mesa.

Pero, la historia no termina con el jefe en una celda de Nueva York. Maduro está preso, pero la “culebra”, el chavismo, sigue viva. El socialismo del siglo XXI, ese híbrido autoritario de modelo cubano y petrodólares inventado por Chávez, ha demostrado una capacidad de mutación asombrosa.

El reacomodo del régimen

Tras la salida de Maduro, la estructura de poder sobreviviente se ha reagrupado con rapidez. Delcy Rodríguez (antigua vicepresidenta) funge como presidenta interina; Vladimir Padrino (ministro de Defensa), Diosdado Cabello (ministro del Interior, inteligencia y represión) y Jorge Rodríguez (presidente de la Asamblea Nacional) no han soltado las riendas, simplemente han aceptado un nuevo jinete. El poder en Venezuela no cambió de manos por convicción democrática, sino por condiciones de supervivencia dictadas desde Washington.

No hubo una ruptura institucional ni una transición libertaria; hubo un ajuste de cuentas. El chavismo entendió que, sin su cabeza visible, debía adaptarse para evitar la aniquilación. Por su parte, Estados Unidos comprendió que no necesitaba demoler el edificio estatal para tomar el control de los servicios y recursos.

Delcy: La obediencia como estrategia

La hoy presidenta interina, alineada con las directrices de Washington desde su juramentación, ha emitido señales inequívocas de sumisión. La destitución del mayor general Javier Marcano Tábata, excomandante de la Guardia de Honor de Maduro, y del empresario Álex Saab no son meros trámites administrativos; son ofrendas políticas.

Son mensajes claros, el chavismo residual permanece en el poder, pero bajo vigilancia permanente, y con un margen de maniobra reducido al mínimo. La gran incógnita es si Rodríguez tendrá la voluntad, o el permiso para purgar a los verdaderos pilares del régimen, Padrino López y Cabello, tal como lo exige la hoja de ruta estadounidense.

El control remoto de Trump

Fiel a su pragmatismo empresarial, Donald Trump no necesita una ocupación militar prolongada ni administrar el caos de un país en ruinas. Le basta con controlar las válvulas, sanciones que se abren o cierran, licencias petroleras a discreción y flujos financieros bajo llave.

En este tablero, el chavismo gobierna, pero no decide. La paradoja es mordaz, aquellos que escupieron contra el «imperio», hoy condecoran a John Ratcliffe, director de la CIA, y arquitecto de la Operación Resolución Absoluta que capturó a Maduro. La soberanía hoy es un eslogan que se negocia en voz baja.

La democracia en modo espera

La transición democrática y la figura de María Corina Machado han sido enviadas a la sala de espera. Trump no parece tener prisa por convocar elecciones mientras el control estratégico sea total. El riesgo es que la institucionalidad actual se convierta en una simulación de normalidad que se extienda hasta 2031; una estructura carente de legitimidad popular pero funcional a los intereses del gobierno de Washington.

Instalar a Edmundo González sin el control de las armas habría sido, quizás, una invitación a la guerra civil, pues no habría podido gobernar sin contar con otros factores reales del poder, la Fuerza Pública y el Legislativo. Washington prefirió la Pax Americana, decapitar al régimen y pactar con los sobrevivientes.

Un futuro bajo tutela

Mantener a venezolanos al mando formal, pero condicionados por decisiones externas, resultó ser la opción más segura para la Casa Blanca. Es una soberanía de papel. El chavismo dejó de desafiar al imperio para aprender a convivir con él, transformándose en un protectorado moderno.

Al final, está es la vieja diplomacia de Washington el garrote y la zanahoria. Una táctica de sometimiento que sigue fielmente el precepto de Theodore Roosevelt: hablar con suavidad mientras se empuña un gran garrote. Lo ocurrido envía un mensaje brutal al mundo, cuando Estados Unidos decide actuar, no siempre busca libertad; busca estabilidad y control. La ideología es el decorado; el interés nacional es la obra principal. Hoy, Venezuela no juega la partida: apenas mueve las fichas que el dueño del tablero le permite tocar.

Pero, que no se engañen Delcy y sus aliados pensando que su estancia será permanente. Cuando hayan cumplido su misión y Washington ya no los considere útiles, los pondrán de patitas en la calle.