IMPLEMENTACIÓN DEL VOTO ELECTRÓNICO

Por: Fabio Olea Massa (Negrindio)

Las Elecciones Legislativas dejaron un Congreso fragmentado, y un país que se encamina hacia una nueva contienda presidencial. Pero más allá del reparto de curules, el proceso vuelve a poner en evidencia algo más profundo, las debilidades y el atraso del sistema electoral colombiano.

Un Congreso sin mayorías absolutas

Los resultados de las elecciones del pasado 8 de marzo marcan un triunfo de los sectores de Derecha, que lograron el mayor número de curules tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes.

Aunque las fuerzas de Izquierda obtuvieron un importante número de curules, no logran las mayorías necesarias para imponer decisiones dentro del Legislativo. El resultado es un Congreso fragmentado, en el que ninguna fuerza política tiene el control total.

La gobernabilidad del próximo presidente dependerá de la capacidad de diálogo y acuerdo con el Congreso, y no únicamente de la cantidad de curules obtenidas. Quien aspire a gobernar con estabilidad tendrá que construir alianzas, tender puentes y buscar consensos entre fuerzas políticas diversas.

Más que un Congreso dominado por un solo sector, lo que emerge es un escenario de equilibrios y tensiones, donde la política —en su sentido más clásico— vuelve a girar alrededor de la negociación y la construcción de mayorías.

La antesala de la batalla presidencial

El país se prepara para la primera vuelta presidencial, que marcará el rumbo del debate político nacional. Las distintas fuerzas representadas en el nuevo Congreso buscarán alinearse con los candidatos que mejor convengan a sus intereses políticos.

El escenario que se perfila es de una fuerte polarización. De un lado, los sectores de derecha; del otro, los de izquierda, ambos intentando capitalizar los resultados legislativos recientes para consolidar mayorías en favor del triunfo de su candidato presidencial. El centro, que no define, pero juega, se moverá entre uno y otro extremo.

Esa es la dinámica propia de nuestro sistema político. Las elecciones legislativas trazan el mapa del poder y las presidenciales se convierten en el escenario donde esas fuerzas buscan materializar su proyecto de gobierno.

Un sistema electoral anclado en el pasado

Una semana después de las elecciones, los escrutinios oficiales aún no terminan, mostrando las complejidades de nuestro sistema electoral. La consolidación definitiva de los resultados sigue dependiendo de un proceso que, aunque necesario para garantizar transparencia, suele extenderse más de lo que muchos ciudadanos esperan.

Y, es aquí donde quería aterrizar: en lo obsoleto que resulta hoy nuestro sistema electoral.

Tenemos un Código Electoral vetusto que data de 1986, convertido en una colcha de retazos por reformas parciales, ajustes legislativos y abundante interpretación jurisprudencial, que han terminado por producir un marco normativo fragmentado, difícil de interpretar y complejo de aplicar.

El resultado es un sistema que conspira contra la claridad y la eficiencia del proceso electoral. Mientras en otros países los resultados se conocen la misma noche de las elecciones, en Colombia pueden tardar varios días. Ese lapso —innecesariamente prolongado— abre espacios de incertidumbre que alimentan sospechas y desconfianza ciudadana.

No es casual que, elección tras elección, las comisiones escrutadoras terminen bajo la lupa. Hoy vemos que en departamentos como Córdoba y Bolívar han surgido denuncias sobre la presunta falta de imparcialidad de algunos escrutadores y posibles manipulaciones en favor de determinadas listas o partidos.

Cuando el sistema permite que los resultados se definan entre actas, reclamaciones y revisiones que se extienden durante días, la percepción de transparencia se erosiona inevitablemente.

Más que un problema coyuntural, estamos frente a un problema estructural: un andamiaje normativo desactualizado que ya no responde a las exigencias de una democracia moderna.

La urgencia del voto electrónico

Resulta urgente modernizar nuestro sistema electoral e implementar, de una vez por todas, el voto electrónico.

No es posible que, en pleno siglo XXI, sigamos votando prácticamente como hace décadas, mientras en muchas democracias del mundo el voto electrónico funciona desde hace años con mayores niveles de rapidez, trazabilidad y control.

El problema es que cualquier modernización del sistema electoral requiere una ley que deben hacer los mismos legisladores que se han beneficiado del actual sistema. Al fin y al cabo, un sistema lento, confuso y lleno de zonas grises termina siendo el terreno perfecto para las trampas, las maniobras y los fraudes. El problema no es solo técnico, sino también político.

Modernizar la democracia

Si hoy podemos realizar una transferencia de dinero de manera segura desde nuestro teléfono móvil, ¿por qué no aplicar también la tecnología moderna para ejercer el derecho al voto?

Nada impediría que el elector pudiera votar electrónicamente —desde su casa, desde un computador o incluso desde un teléfono móvil— con un sistema que garantice votar una sola vez, el día de las elecciones, entre las ocho de la mañana y las cuatro de la tarde. Al finalizar la jornada, el sistema se cerraría automáticamente y nadie más podría votar.

Mientras no se implemente el voto electrónico, seguiremos presenciando el mismo espectáculo de un escrutinio manual que facilita la alteración de la pureza e integridad del voto.

Con el voto electrónico se evitaría lo que hoy vuelve a ponerse en evidencia: la manipulación de resultados electorales en medio de interminables procesos de escrutinio. Mientras la democracia colombiana siga contando votos como en el siglo pasado, la confianza ciudadana seguirá esperando una modernización que nunca llega.