EL “TIGRE” Y “LA PALOMA”

Por: Fabio Olea Massa (Negrindio)

Dos visiones del poder, dos estilos de hacer política, y una misma disputa: quién logrará conectar con un país que oscila entre la firmeza y la conciliación.

Dos candidatos a la presidencia se disputan el paso a la segunda vuelta. En esa contienda, la simbología animal se convierte en herramienta política: Abelardo de la Espriella encarna al tigre, mientras Paloma Valencia, más allá de la coincidencia con su nombre, se proyecta como paloma, definiendo su identidad a partir de lo que estas figuras representan.

El contraste es evidente. El tigre proyecta fuerza, autoridad y capacidad de imponer orden; la paloma evoca paz, diálogo y conciliación. No es una simple elección estética, cada imagen busca conectar con un electorado distinto en un país que oscila entre la necesidad de firmeza y el anhelo de entendimiento.

Pero el símbolo no se sostiene por sí solo. Detrás de cada imagen hay trayectorias, temperamentos, y formas de entender el poder. Abelardo de la Espriella, con formación como abogado penalista y trayectoria empresarial, se presenta como un outsider: no ha ocupado cargos públicos y, afirma haber sellado su alianza con el actor más importante en una democracia, el pueblo. Paloma Valencia, en cambio, es una política en sentido pleno, con tres periodos en el Senado y una carrera construida dentro de las instituciones.

Incluso en lo personal el contraste es diciente. El tigre encarna ese espíritu caribe —alegre, espontáneo, directo— que conecta con la emocionalidad del votante. La paloma, caucana, disciplinada, y serena, proyecta orden, método y continuidad. Dos estilos, dos tonos, dos maneras de vivir la política.

Sin embargo, ambos coinciden en algo esencial, el diagnóstico de un país en crisis. De la Espriella habla de “horas oscuras”; Paloma apela a la necesidad de corregir el rumbo. Los dos, desde orillas distintas, pero cercanas, invocan un mismo sentimiento: el deber de responder, con un sentido patriótico, al llamado de salvar la patria.

Ese contraste se pone a prueba cuando el discurso baja del símbolo a la realidad. Las fórmulas vicepresidenciales son el primer filtro. Allí no hay metáforas, hay decisiones políticas. José Manuel Restrepo, compañero del tigre, es un economista reputado, exministro, académico y conocedor del Estado. Su presencia aporta capacidad y preparación gerencial para ser un buen sucesor en caso de reemplazar al presidente. La vicepresidencia quedaría en buenas manos.

En la otra orilla, Juan Daniel Oviedo representa una apuesta distinta. Más técnico que político, doctor en economía, con perfil de centro y experiencia en el sector público como Concejal de Bogotá y exdirector del DANE, amplía el espectro de la paloma más allá de su base natural. Pero su llegada no está exenta de costos: incomoda a sectores del uribismo y evidencia que la estrategia pasa por crecer, incluso a riesgo de generar ruido interno.

Ahí está la clave. El tigre habla de ruptura con la vieja clase política; la paloma, de conciliación, pero toma decisiones que tensionan su propio campo. En esa delgada línea entre lo que se dice, y lo que se hace, se juega la credibilidad de ambos proyectos.

Fiel a lo que denomina su “extrema coherencia”, Abelardo de la Espriella ha rechazado el respaldo de los partidos tradicionales. Su tesis es clara: no se puede cuestionar a las castas políticas y, al mismo tiempo, depender de ellas. Se presenta como el vocero de los “nunca”, aquellos que no han gobernado y que —según su planteamiento— serían los únicos capaces de cambiar las cosas. Quienes ya han pasado por el poder, en su lógica, terminarían haciendo más de lo mismo.

Paloma Valencia, por el contrario, asume la política como es, un ejercicio de construcción de mayorías. Recibir apoyos, sumar votos, tejer alianzas. Dos formas de jugar el mismo juego. A algunos les resultará más coherente la postura del tigre; otros confiarán en la experiencia de la paloma.

Ambos se ven fuertes. No sería descartable que terminen disputándose los primeros lugares, dejando rezagado al candidato que se asume heredero de Gustavo Petro.

En política, sin embargo, nada está escrito. Y más de uno debería tomar nota, “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”, porque —ojo— el de arriba sueña que ya ganó, pero los de atrás vienen empujando. Y conviene recordarlo: uno más uno no siempre es dos. El tigre y la paloma podrían unirse y ser uno… y eso cambiaría por completo el tablero.

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