CHILE TAMBIÉN GIRA A LA DERECHA

Por: Fabio Olea Massa (Negrindio)

En el presente año se celebraron elecciones presidenciales en Ecuador, Bolivia y Honduras, y en todos estos países resultaron vencedores candidatos de Derecha. Chile se suma ahora a esta tendencia tras el reciente triunfo del candidato derechista, José Antonio Kast. El resultado no es un hecho aislado; confirma una dinámica regional cada vez más visible, en la que el péndulo político de América continúa desplazándose hacia esa tendencia política.

Este viraje no solo expresa un cambio de ciclo electoral; también pone en evidencia el fracaso de los gobiernos de izquierda, o de aquellos que, de manera eufemística, se autodenominan “progresistas”. Poco o nada tienen de progreso proyectos que, lejos de conducir a sus sociedades al desarrollo y al bienestar, las arrastran a escenarios de miseria, represión y muerte, como lo demuestran con crudeza los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Colombia, una democracia sólida y relativamente estable, había sido gobernada históricamente por presidentes surgidos de los partidos tradicionales —el Conservador, de orientación derechista, y el Liberal—. Sin embargo, en 2022 el país optó por ensayar un giro político y eligió como presidente a Gustavo Petro, un dirigente de izquierda y exintegrante del grupo guerrillero M 19.

A casi cuatro años de iniciado su mandato, el balance resulta desastroso. Para amplios sectores de la ciudadanía, el gobierno de Gustavo Petro se ha convertido en sinónimo de improvisación, desgobierno y claudicación del Estado frente a los bandidos, a quienes se les ha otorgado territorio, legitimidad y poder bajo la fallida política de la llamada “Paz Total”. El resultado ha sido una violencia en aumento, y una crisis de gobernabilidad.

A este panorama se suma el deterioro de las relaciones con Estados Unidos, principal aliado estratégico de Colombia y socio histórico en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado. Además, la corrupción ha alcanzado niveles alarmantes, permeando las entidades del Estado y afectando la credibilidad Institucional en todos los niveles.

El balance general es inequívoco: fracaso en seguridad, política exterior, gobernabilidad y confianza pública. Y ese fracaso, inevitablemente tendrá un costo político. En 2026, el electorado colombiano tendrá la oportunidad de pasar factura por el engaño con el que Petro llegó al poder, rechazando la continuidad de un modelo que ha demostrado su ineficacia y derrotando a su candidato sucesor, el comunista Iván Cepeda.

Conviene recordar que el triunfo de Petro se produjo en un escenario muy similar al que vivió Chile antes de la llegada de Gabriel Boric al poder en 2021. En Colombia, en abril de 2021, estalló una ola de protestas masivas —el llamado “estallido social”— detonada por el rechazo a una propuesta de reforma tributaria del entonces presidente Iván Duque. En términos políticos y electorales, ese clima de agitación y descontento creó el terreno propicio para la posterior victoria de Petro.

En Chile ocurrió algo parecido. Antes del triunfo de Boric, el país vivió un estallido social en 2019 que marcó profundamente su vida pública, alteró el equilibrio Institucional, y abrió el camino para un cambio de signo ideológico en el Gobierno. Aquel episodio fue un factor determinante en la llegada de la izquierda al poder.

En las postrimerías de sus gobiernos, en Chile antes de las elecciones de este domingo la desaprobación de la gestión de Boric alcanzaba el 62 % de los chilenos, mientras en Colombia es del 61,6 %  desaprueba la gestión de Petro. Son cifras que revelan el desgaste acelerado de gobiernos que surgieron al calor de la protesta, pero que no lograron traducir la inconformidad social en resultados concretos de gobernabilidad y bienestar.

En ese contexto, José Antonio Kast tenía el escenario prácticamente servido para imponerse en Chile. A ello contribuyó un programa claro y coherente, enfocado en la recuperación del orden y la seguridad, el fortalecimiento del Estado de Derecho, el control de la migración irregular, la reactivación económica, el respeto a la propiedad privada, la reducción del tamaño y la intervención del Estado.

Kast, además, logró aglutinar a amplios sectores de la Derecha y del Centro, que entendieron la necesidad de cerrar filas frente a la continuidad del modelo oficialista. Ese respaldo transversal consolidó su candidatura frente a Jeannette Jara, militante comunista y candidata del oficialismo, apoyada abiertamente por el presidente Boric. La elección terminó convirtiéndose, así, en un plebiscito sobre el Gobierno saliente, en el que una mayoría optó por poner fin a un experimento ideológico fallido, y abrir paso a una propuesta que promete orden, crecimiento y gobernabilidad.

Cualquier parecido con la realidad colombiana no es casual. En Colombia se observan dinámicas semejantes y todo indica que, frente al deficiente desempeño del gobierno de Petro, el escenario electoral favorece a una opción claramente antipetrista. Si el proceso electoral transcurre con plenas garantías y sin irregularidades, lo razonable es que el electorado rechace la continuidad de este proyecto.

En ese marco, Abelardo de la Espriella, candidato de Derecha, aparece como la figura con capacidad real para derrotar al petrismo y a su aspirante, el comunista Iván Cepeda, y para canalizar el descontento mayoritario de un país cansado del desgobierno, la inseguridad y la improvisación.