Por: Fabio Olea Massa (Negrindio)
Una reflexión sobre cómo dejamos de cuidar el idioma
Memoria de aula
En mis tiempos de bachillerato, el Día del Idioma era una fecha importante en el Liceo Montería. Se conmemoraba con actos culturales organizados por el profesor Pelayo†, y la ‘seño’, Marta Melo. Ellos sembraron en mí el interés por la poesía y la lectura, él, como excelente declamador de poesía y ella, rigurosa profesora de español y literatura, empeñada en enseñar el respeto por la escritura y la palabra hablada.
A ellos les debo buena parte de mi formación. Algo quedó: hoy lo aplico en mis columnas de opinión, y en mi intervención oral en audiencias públicas.
Un país que hablaba bien
Colombia ha sido referente en el buen uso del Castellano. Bogotá, su capital, fue llamada, “La Atenas de Suramérica” por un auge cultural, literario y académico que la distinguía del resto. No es casual: en 1871 nació allí la Academia Colombiana de la Lengua. Bogotá era, en esencia, una ciudad de poetas y escritores.
El Día del Idioma rinde homenaje a Miguel de Cervantes Saavedra, autor de Don Quijote de la Mancha, obra cumbre del castellano.
Del cuidado al descuido
No sé si hoy se sigue celebrando el Día del Idioma como antes en los colegios. Lo cierto es que el cuidado del lenguaje ya no ocupa el mismo lugar. La tecnología cambió la forma en que nos comunicamos: el teclado reemplazó al lápiz, y la inmediatez desplazó la reflexión.
Ahora hasta la inteligencia artificial lee por uno. Y en la calle —y en las redes— se impone un lenguaje de atajos: “modo”, “ready”, “bro”, “like”, “post”, “stalkear”, “scroll”, “link”, “DM”… expresiones de moda que, aunque propias de su tiempo, van desdibujando la riqueza del idioma.
Pero, conviene decirlo sin exageraciones: el idioma siempre ha cambiado; el problema no es que evolucione, sino que se descuide.
Cuando escribir bien importaba
Hubo un tiempo en que el lenguaje —oral y escrito— era asunto serio. Había concursos de lectura, escritura y oratoria. Se enseñaba caligrafía como materia: escribir bien también era escribir con forma. Tener buena letra distinguía; era un estilo. Y ese detalle contaba: influía incluso al elegir al mejor estudiante de la semana, y colgarle la medalla.
Ejemplo y legado
Qué bueno sería que, en el Día del Idioma, el país rindiera homenaje a sus mejores escritores colombianos: Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Jorge Isaacs, José Asunción Silva, Aurelio Arturo y Guillermo Edmundo Chaves, para mantener vivo su legado y ofrecerlos como ejemplo a las nuevas generaciones.
Volver a lo esencial
Enseñarles a hablar bien a los pelaos: que no es “ready”, sino estar listo; que “bro” es amigo; que “like” es “me gusta”; que “post” es publicación; que “stalkear” es seguir el perfil de alguien; que “scroll” es deslizar la pantalla; que “link” es enlace; que “DM” es mensaje directo; y que “modo” no es más que una actitud.
Que nunca se deje de enseñar el idioma ni de estimular la lectura, la expresión oral y la literatura. Hay que volver a enseñar a hablar y a escribir bien. Y sí, usar la tecnología, pero sin sacrificar lo esencial.
El idioma no está en peligro por la tecnología, sino por el descuido. No se trata de volver al pasado, sino de no perder lo que valía la pena. Porque hablar bien no es un lujo ni una nostalgia, es una forma de pensar mejor. Y un país que piensa mejor, decide mejor.
“Si el lenguaje no es correcto, lo que se dice no es lo que se quiere decir.” — Confucio.


