LA REVANCHA CONTRA EL CENTRO DEMOCRÁTICO

Por: Fabio Olea Massa (Negrindio)

La renuncia de la senadora María Fernanda Cabal, ha provocado una ofensiva mediática contra el Centro Democrático, que pretende equiparar el debate interno con un colapso. No obstante, la solidez del partido no radica en la ausencia de tensiones, sino en su madurez para resolverlas bajo el marco institucional, y el liderazgo de Álvaro Uribe Vélez.

La máxima popular “al caído, caerle” parece haberse convertido en la brújula ética de ciertos sectores. La agitación actual, motivada por ruidos internos, revela más que una simple discrepancia; es un revanchismo político que busca ensañarse contra la colectividad.

No los mueve la crítica constructiva ni el debate necesario que oxigena la democracia, sino un afán desmedido por socavar la reputación de la fuerza política que ha marcado el rumbo del país en las últimas décadas. Este revanchismo ignora los hechos y descontextualiza la historia reciente con una ligereza preocupante.

Resulta no solo paradójico, sino éticamente cuestionable, que varios de los críticos más feroces que hoy señalan con dedo acusador al partido, hayan sido en su momento, beneficiarios y militantes de la propia colectividad. Olvidan con sospechosa facilidad que el Centro Democrático no nació del vacío, sino de una necesidad ciudadana de orden y libertad que todavía resuena con fuerza en las regiones.

No se puede analizar la situación actual sin realizar un ejercicio de memoria honesto y riguroso. Mientras algunos analistas de ocasión aprovechan la coyuntura para dar por acabado al partido, pasan por alto que, bajo la visión de Álvaro Uribe Vélez, Colombia experimentó una transformación sin precedentes. Fue bajo esa directriz que el país recuperó el orden público, permitiendo que los ciudadanos volvieran a transitar las carreteras sin temor. Se impulsó una confianza inversionista que sacó a la economía de un estancamiento profundo, convirtiendo a la nación en un destino atractivo para el crecimiento y el empleo.

Esos pilares —seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social— no son simples consignas; son realidades tangibles que millones de colombianos todavía valoran. Por ello, la renuncia de la senadora Cabal ha sido el combustible perfecto para que sus detractores construyan narrativas de “crisis terminal”.

Se cuestiona hoy la vigencia del liderazgo de Uribe, y la transparencia de los mecanismos internos que designaron a la senadora Paloma Valencia. Es imperativo detenerse aquí: el caso de la senadora Cabal es de suma relevancia. Ella encarna una de las voces más representativas del partido, con una disciplina y lealtad indiscutibles.

Su aspiración presidencial no era un capricho, sino un espacio legítimo ganado con trabajo de campo. No obstante, en una democracia interna, los resultados de los mecanismos de selección son fundamentales, aun cuando no favorezcan las pretensiones propias. Hoy, le asiste a la senadora todo el derecho a definir su futuro con autonomía. Pero, ese derecho individual no autoriza a los críticos para presentar su salida como la prueba reina de un supuesto colapso sistémico. En la política moderna, se ha vuelto costumbre leer cualquier diferencia como fractura irreversible; se confunde el debate con la crisis, y la pluralidad con la erosión institucional.

Es necesario, además, separar el sentimiento humano del argumento político. Se comprende y se respeta el dolor de un padre, como el de Miguel Uribe, ante las adversidades de la vida pública. Sin embargo, no puede achacarse al Partido responsabilidad por eventos de carácter personal, ni convertir una legítima frustración en una tesis de deslegitimación.

Quizá lo cuestionable en el episodio reciente de María Fernanda no sea el fondo, sino las formas. Faltó prudencia y se debió recurrir primero a las instancias internas. Al no hacerlo, se dio ventaja a los adversarios, quienes capitalizaron el estruendo informativo para golpear la imagen de la colectividad. Si no se estaba de acuerdo con la escogencia de Paloma Valencia debió impugnarse.

Más que una crisis estructural, el partido enfrenta un estrépito de opinión alimentado por sectores que temen el peso histórico del Centro Democrático. Hablamos de una fuerza con presencia territorial innegable, respaldada por la vigencia política de Álvaro Uribe cuyo liderazgo sigue es el pilar fundamental de nuestra lista al Senado.

Es natural que en cualquier partido se presenten tensiones, lo importante es la capacidad de procesarlas institucionalmente. El Centro Democrático mantiene reglas claras que prevalecen sobre intereses individuales. Aquellos que vaticinan su colapso confunden el estrépito mediático con la fragilidad estructural. En política las crisis se demuestran, no se anuncian; y el Centro Democrático sigue firme.   

Fabio Olea Massa (Negrindio)Abogado de la Universidad del Atlántico, exjuez de la República, periodista independiente afiliado al CNP.: fabio1962olea@gmail.com