Por, Alejandro Rosero Montenegro,
Yuyay
Terminando esta columna aún no se había emitido el memorando, por parte de Donald Trump, Presidente de Estados Unidos, certificando o no, la lucha de Colombia contra las drogas ilícitas, lo que se traduce en recursos, en dólares, para esa lucha de años para tratar de frenar los efectos negativos del negocio que invadió a Colombia a finales de la década de los 70 del siglo pasado.
Es como si los profesores de nuestros tiempos nos pasaran al tablero para evaluar nuestros conocimientos poniendo sobre la mesa lo que hicimos durante el periodo anterior y que de ello dependa nuestra continuidad en el colegio. Lo anterior puede tener tres posibilidades de resultado: la primera, que todo siga como hasta ahora y se mantenga el chorro de dinero para hacerle frente a los cultivos ilícitos, la transformación de la hoja y la exportación clandestina de la cocaína por diferentes vías, contaminando de corrupción a varios estamentos gubernamentales y no gubernamentales.
La segunda opción estaría catalogada como una certificación condicionada, en los términos escolares sería algo así como la matrícula condicional, en este sentido Colombia estaría sujeta a una reducción de los recursos y una revisión exhaustiva de los resultados durante el próximo año, para determinar la continuidad del apoyo o su final definitivo.
El tercer escenario es precisamente, el último expuesto en las líneas anteriores, es decir, que le nieguen la certificación a Colombia y los Estados Unidos le corten el flujo de recursos para el proceso de lucha contra las drogas y se le apliquen sanciones de tipo económico que golpeen la ya debilitada realidad de un país que intenta evitar daños colaterales, aunque mantenga un dólar bajo, contrario a lo que se anunció por los apocalípticos de la derecha derrotada hace tres años.
Yo creo que la cosa quedará tal y como viene, porque a los gringos no les conviene que el país con el mayor número de hectáreas de tierra sembrada de coca y el mayor exportador de cocaína, pierda algunos de las herramientas para combatir el negocio que no le deja ganancias al país que monopoliza todos los negocios que sean boyantes. Quizás le amenacen con aumentar los aranceles en algunos de los productos legales que se exportan al norte para presionar un mayor compromiso frente a la problemática, una acción típica de los gobiernos de ultraderecha, como el de Trump, contra un gobierno de ultraizquierda, como el de Petro, con el que además no ha tenido mayores acercamientos en lo corrido de su coincidencia gubernamental.
Lo paradójico es que quién nos juzga resulta ser el país que mayor cantidad de cocaína consume. Es como si el diablo estuviera haciendo hostias, como si el ratón estuviera cuidando el queso o, volviendo al tema colegial, si el profesor fuera el evaluado y llegara borracho al examen. Quizás los gringos deberían primero hacer un mea culpa e intentar educar a sus drogadictos habitantes para evitar el consumo del polvo blanco y por ende, dejar de importar desde los países de Suramérica la fatídica transformación de lo que, para nuestros antepasados, era una planta sagrada, remedio y superalimento.
Pensé, mientras terminaba el escrito que me estoy exponiendo a que me revoquen la visa, pero me acordé que no la he tramitado, así que me estoy arriesgando a que me la nieguen, pero también me acordé que no es que tenga muchas ganas de ir a conocer a Mickey Mouse o al pato Donald (ese Donald que me cae bien). Prefiero recorrer este sur que es nuestro norte, dónde no me piden visa y dónde los gringos vienen a enamorarse de nuestros paisajes a meterse la cocaína a precio de productor mientras intentan abusar de nuestras mujeres y nuestros niños. Ellos deberían pasar al tablero. Creo que me calenté.


