Por: Fabio Olea Massa (Negrindio)
Más que una visita diplomática, el encuentro en Washington fue una demostración de poder. Sin honores ni gestos, Trump marcó la cancha y dejó claro que, en su nuevo orden hemisférico, el respeto se cobra con alineación y resultados.
En el lenguaje de la diplomacia, donde cada gesto es un símbolo y cada silencio una postura, la ausencia de formalidad es el primer mensaje. Gustavo Petro no fue invitado por su homólogo Donald Trump a la Casa Blanca; fue él quien gestionó la cita. Su viaje a Washington, el pasado 3 de febrero, no fue una visita de Estado ni una invitación oficial de alto nivel. Fue, en esencia, una reunión técnica en la jerarquía del poder.
La diferencia es histórica. Mientras los expresidentes Uribe, Santos y Duque fueron recibidos personalmente por el anfitrión en la entrada principal del Ala Oeste, con apretones de manos ante las cámaras y honores militares, Petro ingresó por un edificio contiguo. No hubo alfombra roja ni guardia de honor. Trump, que desprecia la rigidez del protocolo, pero domina el arte del simbolismo, decidió no hacer excepciones. Esa entrada lateral no fue gratuita; fue el cobro de una factura pendiente por la retahíla de ofensas que el mandatario colombiano lanzó en el pasado contra el líder Republicano.
El gesto, puramente “estilo Trump”, fue una lección de realismo político: la pompa se reserva para los aliados incondicionales; para los críticos, queda la sobriedad de una oficina secundaria. Al negarle la entrada principal, Trump le negó la relevancia. El mensaje fue claro: en su orden hemisférico, el respeto se gana con lealtad, no con retórica.
Lo ocurrido confirma que la relación con Colombia atraviesa una etapa de fría practicidad. Se trató de una reunión de agenda, no de una foto para la historia. Washington ha sustituido la antigua “relación especial” por una lógica de objetivos estrictos y medibles. La ausencia de prensa en el despacho presidencial subrayó el carácter privado —y poco estelar— del encuentro, privando a Petro de la imagen frente a la chimenea que buscaba para su capital político interno. En el Salón Oval se sellan amistades; en las oficinas contiguas se imponen condiciones.
La agenda del sometimiento
¿De qué se habló en la sombra? El narcotráfico y la descertificación de Colombia en la lucha antidrogas fueron el eje inevitable, junto con la crisis migratoria, las relaciones económicas bajo la presión de los aranceles y la continuidad obligatoria de la interdicción aérea y marítima. No faltaron en la mesa la seguridad fronteriza colombo-ecuatoriana, el futuro de las elecciones en Colombia y la exigencia de un respeto irrestricto a las reglas de la democracia.
Más que un diálogo entre iguales, presumo que el encuentro fue un duro llamado de atención para que Petro acepte y se someta a las exigencias de Washington; compromisos que el mandatario deberá cumplir sin dilaciones si aspira a que su nombre sea retirado de la Lista OFAC.
La evidencia de este giro no tardó en aparecer. Menos de 24 horas después de finalizado el encuentro, un bombardeo estratégico sobre un campamento del ELN envió una señal inequívoca: Petro ha comenzado a ejecutar, mediante el uso de la fuerza legítima y el poder de fuego, los compromisos adquiridos ante el gigante del norte. El Palacio de Nariño parece haber entendido que con Trump no se negocia con retórica, sino con objetivos militares cumplidos.
El precio de la tregua
Es previsible que el gobierno haya prometido retomar una erradicación más agresiva y reforzar el combate contra grupos criminales a cambio de mantener un flujo mínimo de apoyo financiero e inteligencia. Trump, fiel a su pragmatismo, ha condicionado cualquier respaldo a métricas tangibles. La prueba de este “pacto de silencio” es el estatus personal del mandatario colombiano: Petro regresó como se fue, sin visa y en la Lista Clinton.
Washington ha congelado estas concesiones para usarlas como una espada de Damocles. Si antes del 7 de agosto se restituye el visado o se produce su exclusión de la lista, tendremos la evidencia inequívoca de que Petro cumplió con lo pactado en la sombra. Incluso la diplomacia de redes sociales parece haber entrado en tregua. Los ataques por X cesarán mientras dure este frágil equilibrio.
Al final, el éxito de la reunión no se medirá por la cordialidad ausente, sino por los hechos. Lo que hoy es hermetismo, mañana será evidencia. Solo entonces sabremos quién cumplió la tarea y quién terminó pagando el precio de la sumisión.
Fabio Olea Massa (Negrindio) es abogado de la Universidad del Atlántico y periodista independiente afiliado al CNP. e-mail: fabio1962olea@gmail.com


