UN AÑO QUE SE VA, UN CAMINO QUE DIOS RENUEVA

Fabio Olea Massa Abogado – Periodista CNP

“Faltan cinco pa’ las 12:00, el año va a terminar
Me voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá”.
“Cinco pa’ las doce”, Oswaldo Oropeza.

¿Quién no ha escuchado esta nostálgica estrofa y sentido cómo se nos arruga el alma, mientras el corazón se acelera al compás del tic-tac del reloj, que avanza implacable hacia la medianoche del 31 de diciembre? Es ese instante suspendido entre lo vivido y lo que está por venir; el punto culminante del año que se despide y la antesala silenciosa del que llega.

El fin de año trae tristezas para unos y alegrías para otros, pero hay una verdad ineludible: con cada año que pasa se extingue también una porción del tiempo de nuestra propia vida. En medio de los fuegos artificiales que iluminan el cielo, en esos cinco minutos previos a la medianoche —cuando el reloj marca, a la vez, un final y un comienzo— irrumpe la melancolía, y la mente se llena de recuerdos, balances y pensamientos.

Es entonces cuando reflexionamos sobre nuestra existencia y la trascendencia del momento que vivimos, antes de fundirnos en abrazos, buenos deseos para año nuevo y besos con familiares, amigos y vecinos, en un ritual que se repite año tras año, sostenido por la esperanza de que el tiempo que llega será mejor y traerá consigo paz, felicidad y prosperidad.

Por ello, que las malas experiencias vividas se marchen con el año viejo, y que todo lo bueno que nos pasó nos sirva de aprendizaje para crecer y ser mejores personas. Lo que pasó, pasó; la historia no se puede cambiar, y de nada sirve anclarnos en la queja, porque solo nos estanca e impide avanzar. La vida exige ser mirada con optimismo: Seguir adelante con serenidad, aceptar lo que no podemos cambiar, y trabajar en aquello que sí está en nuestras manos para replantear el rumbo y fortalecer la resiliencia.

Como seres humanos no somos infalibles y, en ocasiones, nos equivocamos; pero debemos tener el valor de reconocer nuestros errores y asumir con humildad sus consecuencias, para que se conviertan en motor de un cambio positivo. Es tiempo de revisar nuestras vidas, preguntarnos en qué estamos fallando, reconciliarnos con el prójimo y aprender a perdonar.

También debemos aceptar que no hay felicidad completa, y que no podemos tenerlo todo al mismo tiempo —por ejemplo, conservar vivos y presentes a aquellos seres queridos que partieron a otra dimensión—. En lugar de llorarlos con tristeza perpetua, es mejor elevar una oración por ellos y recordarlos con gratitud por las alegrías que nos regalaron en vida. Aunque su ausencia duele, comprendamos que cumplieron su ciclo, porque todo —como el año que expira— tiene un final, incluida la vida humana.

Con el paso de los años también crecemos espiritualmente. Hoy ya no me domina la tristeza ante la ausencia de mis padres; prefiero evocar los mejores momentos compartidos en estas fiestas y trasladar todo ese amor que les profesé hacia mi propia familia, para disfrutar unidos el fin de año y la llegada del nuevo, fecha que además coincide con mi cumpleaños: un motivo adicional para estar en paz y celebrar con alegría.

Y al escuchar esta otra estrofa de “Faltan cinco pa’ las doce”:

“Las campanas de la iglesia están sonando,
anunciando que el año viejo se va;
la alegría del año nuevo viene ya;
los abrazos se confunden sin cesar”.

Vuelven a surgir los recuerdos y la enseñanza de mi madre: Asistir a misa el 31 de diciembre para poner mis deseos en manos de Dios, agradecer un año más de vida y pedir salud y protección para mis hijos, mi compañera, mi familia y mis amigos.

Siempre habrá razones para agradecer a Dios: Por lo vivido, por lo aprendido y por lo que todavía está por venir. Confiemos en su voluntad, sabiendo que, Él nos guía y desea lo mejor para nosotros. Un nuevo año se acerca y, con él, renacen las esperanzas, se abren puertas, se dibujan sueños y se revela un camino fresco para andar con fe y determinación.

No podemos vivir con rencor porque el alma se envenena, y al final no le hacemos daño al otro sino a nosotros mismos.

Vendrán logros fruto del trabajo honesto y bendiciones que brotan de honrar a Dios haciendo el bien, amando al prójimo y tendiendo la mano a quien lo necesita. Que nada nos falte: ni amor, ni salud, ni motivos para sonreír.

¡Salud! Brindo por la vida, por los que están, y por quienes nos acompañan desde la distancia. Que el 2026 llegue colmado de luz, de oportunidades y de instantes que merezcan ser recordados. Reciban un abrazo fraterno y mis mejores deseos para un año nuevo lleno de paz, prosperidad y gratitud.

Que Dios ilumine con su gracia cada paso del camino.