Por, René Martínez, Psicólogo. Esp.
En Colombia los tiempos electorales no solo agitan plazas y discursos, entran a las casas, se sientan a la mesa y fracturan vínculos que parecían inquebrantables. Amigos de infancia dejan de hablarse, hermanos se convierten en adversarios, y causas que nacieron nobles se diluyen entre consignas vacías. Incluso el presidente de una Junta de Acción Comunal, figura cercana y cotidiana, termina arrastrado por la insensatez del momento. La política, que debería ser un escenario de encuentro, se transforma en una trinchera emocional.
Basta fijar la mirada en el Congreso para comprender parte del desencanto colectivo. Senado y Cámara, instituciones llamadas a custodiar la esencia de la Democracia, y a transmitir el mensaje más claro y honesto a un pueblo que sufre, han terminado en la percepción social asociadas a la corrupción, al intercambio de favores y a una distancia dolorosa frente a la vida real. Allí, donde debería reposar la responsabilidad histórica, muchos sienten que se aloja la raíz de una pobreza que no es solo económica, sino ética, simbólica y afectiva. Sin embargo, esa intuición rara vez se convierte en conciencia; se queda en la rabia, en la discusión estéril, en la pelea sin profundidad.
Desde la psicología social, el fenómeno es claro, cuando la frustración colectiva no encuentra canales sanos de elaboración, se desplaza al espacio más cercano. La política se vuelve identidad, la bandera reemplaza al argumento y el otro deja de ser persona para convertirse en enemigo. Discutimos por colores mientras repetimos patrones. Elegimos, votamos, nos ilusionamos y, después de las elecciones, casi todo permanece igual; cambian los nombres, no las conductas; cambian los cargos, no las lógicas.
Nombramos alcaldes que no transforman nada, aceptamos las mismas cuotas políticas y legitimamos prácticas que criticamos en voz alta. Y entonces llega, una vez más, la decepción. Nos sentimos engañados, pero pocas veces nos preguntamos por nuestra responsabilidad como sociedad. Porque es más fácil señalar que revisar, más cómodo indignarse que transformarse.
La política debería unirnos, no separarnos. Debería convocarnos a un proyecto común, y no convertirnos en bandos enfrentados. Pero, olvidamos una verdad elemental, los cambios reales no nacen en los discursos ni en las tarimas; comienzan en casa, en la familia, en la forma como resolvemos los conflictos, como escuchamos al que piensa distinto, como enseñamos a nuestros hijos a disentir sin destruir.
Como terapeuta, he sido testigo de cómo la polarización política exacerba heridas previas; familias con vínculos frágiles se quiebran con facilidad cuando la diferencia ideológica se vive como amenaza. La intolerancia externa revela la intolerancia interna. Pretendemos un país distinto sin revisar nuestras dinámicas afectivas, sin sanar nuestras formas de relacionarnos. Exigimos honestidad pública, pero normalizamos la trampa privada; pedimos justicia social mientras reproducimos violencia simbólica en lo cotidiano.
No existen superhéroes. No hay un líder providencial que nos salve de nosotros mismos. Esa es quizá la ficción más cómoda. La verdadera transformación no llegará con el próximo “mesías político”, sino con una ciudadanía consciente, capaz de mirarse críticamente. Nuevos países solo son posibles con nuevas familias; nuevas sociedades nacen de vínculos más sanos, más responsables, más empáticos.
Seguimos votando por quienes nos destruyen como tejido social, por quienes nos seducen con promesas vacías, por los mismos que luego nos decepcionan. Y después nos lamentamos de una sociedad que, en el fondo, nos negamos a construir. La conciencia ciudadana no se decreta, se cultiva, y se cultiva en el diálogo, en la crianza, en el ejemplo silencioso de cada día.
Tal vez la verdadera revolución no consista en levantar más banderas políticas, sino en atrevernos a bajar esas banderas dentro del hogar. Tal vez el acto más subversivo, en un país polarizado, sea elegir el amor como postura ética, la escucha como resistencia, y el cuidado como forma de poder. Unir las banderas del afecto donde hoy flamean las del odio puede parecer ingenuo, pero es profundamente transformador. Cuando la familia se convierte en escuela de conciencia y no en campo de batalla ideológica, la política deja de ser una guerra emocional, y puede, por fin, convertirse en un proyecto humano. Porque ningún cambio duradero nacerá del grito, sino del vínculo; no de la lucha constante, sino del amor organizado que aprende a convivir, a pensar y a construir juntos.
Fundación Casa del Rio.
“Te mereces sentirte bien. Hablemos.”
Psicólogo. Esp. RENE MARTÍNEZ
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